En en una estación de la línea E, ella espera sentada mientras lee un libro que descubrió en la biblioteca de su casa un domingo aburrido de lluvia. Sumergida en la historia de un niño que narra su aventura por el espacio con un extraterrestre de aspecto humano al que conoció en la playa durante una noche calma y húmeda de verano, ella se abstrae del exterior. El viento proveniente del túnel, indica que el vagón está por llegar. Ella cierra los ojos y disfruta de ese olor a humedad que siempre le gustó. De repente imagina que es el niño de la historia y que al abrirlos, estará sobrevolando la galaxia con seres de otro mundo. La alarma que avisa que se están por cerrar las puertas del subte la obliga a acelerar el paso y entrar al vagón, a compartir el viaje con seres comunes y corrientes, o tal vez no tanto.
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Siempre fui una persona muy escéptica, quizás por eso no tengo favoritismos políticos ni religión alguna. Creo que esto forma parte de que es común ir por la vida acostumbrados a desconfiar de todo. Descreemos de todo lo que parece estar basado en buenas intenciones pero no dudamos ni un segundo en que algo nos va a decepcionar sin antes conocer de qué se trata. Esto lo veo tanto por la resignación sobre los intereses de los distintos políticos, como también en la vida cotidiana, sobre todo en las relaciones sociales, donde intentamos estar seguros de que los que nos rodean sean auténticos y así protegernos de un posible ataque o traición.
De todas formas no digo que esta tendencia sea una ridiculez que surgió por sí misma sin razones, sino que soy consciente de que el país y la humanidad en general sufrieron desilusiones tanto por parte de ideales políticos o religiosos. Pero eso no nos tiene por que llevar a tirar la toalla y dejar que el mundo lo manejen los que dejaron de pensar en el bienestar social y actúan según sus intereses económicos, sino que me parece fundamental buscar tener una vida plena a partir de la simple naturalidad de ser uno mismo, con los valores que a cada uno le parece importante fomentar y trasmitir en la sociedad, teniendo en cuenta que somos eso, un grupo enorme de personas con distintas creencias personales e ideologías, pero que compartimos mucho más de lo que creemos.
En definitiva supongo que todos quieren encontrar la forma de estar felices y en paz con uno mismo y con los demás, y para conseguir esto no hay que hacer nada que no esté al alcance de nuestras posibilidades.
Por mi parte intento poner en práctica mis ideas, y mantenerlas aunque algunos se empecinen en decirme que “ellos también a mi edad pensaban que iban a cambiar el mundo y después se dieron cuenta que nada que ver”, los cuales suelen ser personas infelices y estresadas, quienes van por la vida resignados y ni se les ocurre empezar a cambiar todo lo que les molesta. Si todos creyeran que su lugar en el mundo es insignificante, seguirían sentados en sus sillones criticando lo mal que está el país y tirando papeles en el piso “total uno solo no cambia nada”. Y sí, cambia. Y así como acumular la basura individual genera efectos negativos, unir pensamientos y tener sentimiento de pertenencia nos hace progresar.
Capaz por estas ganas constantes de expresar lo que pienso es que estudio Ciencias de la Comunicación, y tal vez soy tan curiosa porque no me gusta opinar desde el desconocimiento. Y así, por curiosidad, es como hace un año llegué con mi hermana a un curso de la fundación El Arte de Vivir, quería saber de qué se trataba, y me llevé una linda sorpresa. Conocí personas muy distintas entre sí, con diversas ideologías, religiones y clases sociales pero con un objetivo muy claro: aportar desde su lugar a la sociedad y hacer proyectos de servicio social, empezando por sentirse bien uno mismo. Esto puede sonar un cliché o bien una frase que podes encontrar en un sobre de azúcar. Pero justamente son las cosas más básicas y naturales las que muchas veces olvidamos o dejamos de lado.
Hay mucha desinformación y ante el desconocimiento, aparecen ideas erróneas, como que la espiritualidad es una iluminación que llega para cambiarnos la vida de la noche a la mañana, o que para conservarla hay que modificar nuestros comportamientos habituales, por ejemplo hacerse vegetariano. Pero eso no va a durar si no nos hace sentir cómodos, y tampoco tendría sentido que algo que promueve profundizar en uno mismo te haga adaptar a sus reglas.
Esta semana la fundación estuvo en el medio de la polémica, y si bien muchos se interesaron en conocer de que se trata, otros simplemente se limitaron a hablar sobre sus referentes en los medios, y personalmente no creo que gente como Tinelli o Toti Pasman promuevan al aire el mensaje que tanto dicen que les cambio la vida. Ese intento de ‘meditación guiada’ que hizo en el piso del estudio solo provoca que se tome como una parte más del show. Y, por más que la televisión lejos esté de poder considerarse un medio educativo, me sigue pareciendo contradictorio que en los programas de la tarde banalicen sobre ciertos temas sociales y en el siguiente bloque estén tres vedettes de turno hablando seriamente sobre por qué sus novios les metieron los cuernos.
Más allá de la fundación en particular, con la cual se puede estar de acuerdo o no en mil aspectos, me parece que estaría bueno dejar de desconfiar tanto de todo y empezar a hacernos cargo de que se pueden hacer cosas muy grandes si dejamos de actuar como individualidades separadas.
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“Lo malo no me toca pero lo bueno tampoco. Nada me afecta, ni para bien ni para mal”. Eso te dije hace meses cuando nos confesamos que las sonrisas que demostraban nuestros perfiles de facebook después de cortar bastante poco de cierto tenían. “Eterno problema del ser humano”, me contestaste. Ahí supe que se venía una de esas conversaciones despojadas de todo filtro y represión que solíamos tener, nunca nos importó mucho desarmarnos en palabras y confesiones, total de todas formas nos dábamos cuenta.
Mi mejor versión siempre salió estando con vos, una que sospechaba que existía, pero vos la sacaste a pasear. Ahora creo que esa parte mía existe solo si estás, y está bien. Sería un error intentar reproducirla con otro, no la entendería. Una pieza del rompecabezas siempre quedaría sin encajar, y no hace falta recortarla para adaptarla a una nueva persona. Necesita ser reconstruida y reformulada en su versión estándar. La esencia original puede golpearse y desarmarse, pero también regenerarse, y para eso no te necesito.
Quizás nunca te necesité, pero me gustaba creer que sí, y por eso te entregué mi psíquis con la confianza de que no la destruirías, pero siempre mostrándome como la chica independiente, de ideas claras e ideales firmes, aunque terca como pocas. Eso sigue igual, pero ya convencida de –lo que no quiero- más que de lo que sí. Ahí aparece mi costado más vueltero, indeciso e histérico. Hábil para despertar algún que otro “Wow, tenés razón” aconsejando a los demás, pero conflictuada para tomar mis propias decisiones. Y tomé la peor de todas: no hacer nada.
Me repetía ciegamente que ya iba a pasar y que sólo necesitaba tiempo, como si me fuera a reconstruir por arte de magia. El problema es que pasaron meses en los que estuve convencida de que estaba haciendo algo bueno por mí, conociendo gente nueva, promocionando todas las materias, meditando y empezando teatro, en donde la primer clase la profesora me dijo que aparte de ser muy ‘intuitiva’ tenía una extraña facilidad para sacarme en las escenas con hombres. Hasta que me confesé a mi misma que todo lo que hacía era para hacer oídos sordos al pedido desesperado de dejarte ir.
Pero acá estoy, habiendo escuchado mi propio grito aturdidor que me hizo cambiar de página. Eso sólo puede significar que volví a ser yo, una vez más.
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Vanitas. Por Rustoff. (Taken with instagram)
Saturnalia
dramaturgia y dirección Gael Policano Rossi
Dramaturgista: Maruja Bustamante
Con Julián López, Barbara Massó, Cristian Scotton,...
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